Cómo odio con toda mi alma admitir que eso es cierto. Y es que hay cosas para las que uno se pone exquisito, pero cuando uno quiere ser bien tacaño, el karma te dice: no señor, así no son las cosas.
La cosa es que para un cumpleaños me tocó ir a recoger el queque.
Todo normal. Yo llego a la pastelería, recojo la caja y salgo sintiéndome una persona extremadamente funcional y responsable.
Acto seguido me pongo a buscar Uber y tome… tarifa dinámica. Y yo sinceramente andaba avaro.
Y ahí fue donde empezó mi desarrollo de personaje… Porque como buena persona a finales de quincena, inmediatamente empecé a convencerme de que caminar era una excelente idea.
“Mae, tampoco queda tan lejos. “Además el clima está rico.” “Es literalmente solo ir recto.” Todo lo que uno se dice con tal de no gastar plata.
Y listo, ahí me mando con el queque, caminando a buen ritmo pero cuidando que no le pase nada al susodicho.
Hasta que apareció la cuesta. Y no cualquier cuesta. Era de esas que hacen que uno se lamente de todos los años que no ha ido a un gym.
A los diez minutos ya me dolían los brazos, estaba sudando y caminaba rarísimo para que el queque no se moviera. Ya parecía que iba en una procesión más bien. Creo que ni en la Romería había sufrido tanto como con esa cuesta.
Para no hacerles largo el cuento, llego empapado a la fiesta. Todo mundo esperando el cumpleaños, mi mamá me ve llegar y como buena madre solo agarra el queque y ni cafecito me ofrece…
En eso se me queda viendo y me dice:“¿Y los regalos?”
Y ahí se me congeló todo. Fue como esas pelis donde de pronto cortan a otro lugar…
Di, por estar pensando en el queque, dejé la bolsa con los regalos en la pastelería.
Me tocó ir y venir en Uber de vuelta para ir a recogerlos… por ahorrarme un viaje terminé haciendo dos.
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